En casa de mi abuela había un huevo de madera. No servía para comer. Servía para meterlo dentro del calcetín, tensar el tejido y zurcir el agujero con una aguja y un poco de hilo del color más parecido que hubiera.
Aquel huevo no era pobreza. Era una forma de estar en el mundo. Las cosas se gastaban, claro que se gastaban, y por eso existían objetos cuya única función era devolverlas a la vida. En el rincón estaba además la máquina de coser, una Singer de pedal que había sido de su madre y que después fue de mi tía. Se engrasaba. Se le cambiaba la correa. Cuando la aguja se partía, se ponía otra. A nadie se le ocurrió nunca que aquella máquina pudiera acabarse, porque no había en ella nada que no pudiera sustituirse.
Y los coches hablaban. Un chirrido agudo al frenar significaba pastillas. Un tableteo al arrancar en frío significaba taqués. El mecánico levantaba la tapa, escuchaba diez segundos con la mano apoyada en el chasis y decía «esto es la correa», y acertaba.
Un objeto no se muere cuando se rompe. Se muere cuando dejamos de tener manera de arreglarlo. Y eso, cada vez más, no lo decide el objeto.
No te compensa arreglarla
Mi televisor se queda a oscuras. El sonido sigue, el mando responde, pero la pantalla se apaga.
Estuve una tarde investigándolo y encontré algo que no esperaba. Mientras yo miraba una pantalla negra, el aparato estaba dibujando el menú completo por dentro. Los iconos. Los colores. El reloj marcando la hora exacta. Todo funcionaba menos el último tramo, ese en el que la imagen tiene que convertirse en luz. Como un tocadiscos que gira, con la aguja en el surco correcto y la música pasando por todos los cables, y un altavoz que no suena.
Lo conté, y la respuesta que más recibí fue la misma que se oye en cualquier mostrador de España:
«No te compensa arreglarla. Por ese dinero te compras una nueva, y encima mejor.»
Y lo primero que hay que decir es que tienen razón. Costó unos quinientos euros hace nueve años, la reparación rondaría los ciento cincuenta, y por trescientos hay televisores nuevos con mejor imagen y garantía. La cuenta sale. Quien la hace no es tonto ni derrochador: hace lo razonable con la información que tiene.
El problema es la información que no tiene. Porque esa cuenta está a medias, y lo que sigue es el intento de terminarla.
Cuando estropear las cosas costaba trabajo
Hubo una época en la que las cosas duraban demasiado, y eso se consideró un problema. No para nosotros. Para quien las vendía.
01La Navidad de las bombillas
El 23 de diciembre de 1924, en Ginebra, los principales fabricantes de bombillas del mundo firmaron un acuerdo. Osram, Philips, General Electric y unos cuantos más. Lo llamaron cártel Phoebus, por el dios griego de la luz, que para el asunto que traían entre manos tiene su gracia amarga.
Hasta entonces la publicidad presumía de duración: bombillas de dos mil quinientas horas, garantizadas. El cártel le dio la vuelta a esa lógica y fijó un techo de mil horas. Ni una más.
Y esto es lo que quiero que retengan, porque es la clave de toda la lectura: empeorar las bombillas les costó un trabajo enorme. Hubo que rediseñar filamentos para que fueran más frágiles. Montar un laboratorio central en Suiza al que cada fábrica enviaba muestras. Crear un comité, una burocracia y una tabla de multas para castigar al que fabricara demasiado bien. Los archivos de Berlín conservan la gráfica del descenso, de unas mil ochocientas horas de media en 1926 a unas mil doscientas en 1933.
02Los teléfonos que se cansaban
En 2017 mucha gente notó que su teléfono iba más lento justo cuando salía el modelo nuevo. Se dijo que era manía persecutoria. No lo era. Apple reconoció que ciertas actualizaciones ralentizaban los modelos antiguos, con una explicación técnica que no es absurda: las baterías viejas no dan picos de corriente y el teléfono se apagaba solo. El problema fue que no se lo dijeron a nadie y que no se podía volver atrás. En febrero de 2020 el organismo francés de consumo le impuso veinticinco millones de euros de multa por práctica comercial engañosa por omisión. Italia le había puesto diez millones un año antes.
03La impresora que se rinde sin estar rota
Y el caso más de andar por casa. Muchas impresoras de tinta llevan dentro unas almohadillas que absorben el sobrante de los cabezales. Se llenan con el uso, lo cual es normal.
Lo llamativo es cómo se decide que están llenas. En bastantes modelos no hay ningún sensor que lo mida. Hay un contador. La impresora cuenta páginas y, cuando llega al número que alguien decidió en una oficina, se bloquea y anuncia que ha llegado al final de su vida útil. La máquina no está rota. Simplemente ha terminado de contar.
Fíjense en el patrón común de los tres casos: alguien tuvo que trabajar para que aquello ocurriera. Diseñar, calcular, programar, esconder. La obsolescencia programada era una conspiración con nóminas. Y precisamente por eso se puede documentar, denunciar y multar, y por eso hoy hay leyes contra ella.
La pereza programada
Lo que ha venido después es más barato, más limpio y muchísimo más difícil de denunciar. Yo lo llamo pereza programada.
Ya no hace falta programar que algo se rompa. Basta con programar que nadie lo sostenga.
No hay que estropear nada. Solo hay que dejar de hacer cosas:
- Dejar de fabricar la pieza. El aparato sigue sano, pero le falta un trozo que ya no existe en el mundo.
- Dejar de publicar cómo funciona. El aparato es comprensible, pero nadie te deja comprenderlo.
- Dejar de actualizar el software. El aparato funciona, pero el mundo deja de hablarle.
- Dejar de responder. Sin repuesto, sin manual y sin servicio, la reparación muere sin que nadie la haya matado.
Hace unos años se me averió un aire acondicionado. No el compresor, no el motor, nada mecánico. Una placa electrónica. El fabricante ya no la fabricaba.
Nadie me mintió. Nadie me negó la reparación. Nadie incumplió ninguna ley. Y un aparato que estaba perfecto en un noventa y cinco por ciento bajó al contenedor por una pieza que había dejado de existir.
La diferencia moral con el cártel de las bombillas es enorme. A Phoebus se le puede señalar con el dedo: se reunieron, firmaron y multaron a quien fabricaba demasiado bien. A la pereza programada no se le puede señalar a nadie, porque su método es la ausencia. No es un acto, es la falta de un acto.
Y contra eso es mucho más difícil legislar. Puedes prohibir que alguien meta un contador en una impresora. Es más complicado obligar a una empresa a seguir fabricando una pieza de un modelo de hace nueve años.
Requiere trabajo, dinero y complicidad. Se puede documentar, denunciar y multar. Tiene culpables con nombre.
No requiere nada. Basta con no hacer. Es imposible señalar el momento en que te la colaron, porque no hubo momento. Solo hubo silencio.
La factura que ya has pagado sin mirar
Volvamos a la frase del mostrador, porque ahora se puede terminar la cuenta.
Cuando compraste ese televisor, en la factura había un concepto pequeño que probablemente no leíste. Se llama coste de gestión, o aportación de reciclaje. Son céntimos, o unos pocos euros según el aparato. Los pagaste tú. Los pagamos todos, en cada cosa con enchufe o con pila que entra en una casa.
Ese dinero financia el sistema que recoge y trata los aparatos cuando mueren. Que exista es una buena noticia, y quien lo dude que se acuerde de cómo ardían los vertederos hace cuarenta años. Pero tiene un efecto secundario perverso: al estar pagado por adelantado y ser invisible, tirar se siente gratis. Y lo que se siente gratis se hace sin pensar.
Naciones Unidas lleva la cuenta de lo que sale de esa costumbre. En 2022 el mundo generó 62 millones de toneladas de residuos eléctricos y electrónicos, un 82% más que en 2010. Son 1,55 millones de camiones de cuarenta toneladas: puestos en fila, darían la vuelta al ecuador.
Y de todo eso, solo el 22,3% se documentó como recogido y reciclado correctamente. Europa, que es de lo mejor del mundo en esto, genera 17,6 kilos por persona y año y recupera el 42,8%. Es decir: incluso aquí, más de la mitad se pierde.
Lo que hay dentro de esa caja
Un televisor no es plástico y cristal. Un televisor es una excursión por la tabla periódica.
Cobre en las pistas y en los cables. Aluminio en los disipadores. Estaño en cada una de las miles de soldaduras. Oro, en cantidades ridículas y por eso mismo carísimas de recuperar, en los contactos que no pueden oxidarse. Y en los altavoces y en los imanes, elementos con nombres que casi nadie sabe pronunciar: neodimio, disprosio. Las llamadas tierras raras, que ni son tierras ni son tan raras, pero están tan repartidas y tan mezcladas que concentrarlas exige mover montañas. Literalmente.
Todos hemos visto las fotos. Las canteras que se comen media ladera. Las minas a cielo abierto en terrazas concéntricas, tan grandes que se ven desde el espacio. Nos incomodan cuando pasamos por la carretera, y con razón.
Y aquí está la parte que a mí, que me he pasado veinticinco años trabajando con el mar, me resulta más difícil de digerir: el siguiente sitio donde se van a buscar esos metales es el fondo marino. Ya hay contratos de exploración, ya se ensayan las máquinas, y se discute en qué condiciones permitirlo.
No voy a entrar aquí en el debate ambiental, que es largo y tiene gente mucho más cualificada que yo defendiendo ambas posturas. Solo quiero señalar una simetría que me parece difícil de ignorar:
Durante casi todo el siglo XX usamos el mar de vertedero porque no se veía. Hemos tardado décadas y mucho dinero público en empezar a limpiarlo. Y ahora aparece como cantera, exactamente por el mismo motivo.
Lo que hace incómoda esta parte no es la ecología. Es la aritmética. Vamos a abrir suelo nuevo para sacar metales que ya están extraídos y circulando, dentro de los aparatos que tiramos, y de los que recuperamos uno de cada cuatro.
Eso no es una postura política. Es una mala gestión de inventario.
A quién no le compensa
Vuelvo a mi televisor, que sigue apagándose.
Es verdad que arreglarlo no me compensa. Con los números sobre la mesa, la frase del mostrador es exacta, y entiendo perfectamente a quien la dice, que además no tiene culpa de nada y bastante tiene con llegar a fin de mes.
Pero «compensar» es una palabra tramposa, porque significa equilibrar dos platos de una balanza. Y en mi balanza solo hay un plato. En el otro no he puesto nada.
No he puesto el coste de gestión que ya pagué. Ni los sesenta y dos millones de toneladas. Ni la cuarta parte que es lo único que se recupera. Ni el cobre y el estaño que van a salir de una ladera abierta en canal o de un sitio todavía más difícil de mirar.
Cuando pongo todo eso en el otro plato, la balanza cambia de lado. Y la frase, también:
No es que no compense arreglarla. Es que han conseguido que solo me compense a mí.
No estoy pidiendo que nadie se arruine reparando cacharros viejos por principio moral, ni que volvamos al huevo de madera. Estoy pidiendo algo más pequeño y más razonable: que exista la pieza. Que exista quien la ponga. Que el software siga vivo unos años más. Y que la cuenta esté completa cuando la hacemos, igual que en la etiqueta viene el consumo eléctrico.
Porque mientras siga a medias, seguiremos creyendo que tiramos por comodidad, cuando en realidad tiramos porque alguien decidió no enseñarnos la factura entera.
Y eso, aunque venga sin engaño, sin cártel y sin letra pequeña, es la forma más elegante que se ha inventado nunca de que te la cuelen.
¿No compensa arreglarla… o solo me han enseñado media cuenta?
Esta lectura forma parte de la pestaña de Divulgación de TeLaCuelan. El término «pereza programada» y el caso del televisor pertenecen a Lector de silencios.
Fuentes principales
Casos y cifras verificados en resoluciones oficiales, archivos históricos e informes de Naciones Unidas. Las ideas se han parafraseado.
- Cártel Phoebus (1924-1939). Acuerdo firmado el 23 de diciembre de 1924 en Ginebra por Osram, Philips, General Electric y otros fabricantes, que fijó en 1.000 horas la duración máxima de las bombillas, con laboratorio de control en Suiza y sistema de multas. El descenso de la duración media, de unas 1.800 horas en 1926 a unas 1.200 en 1933, está documentado en los Archivos Municipales de Berlín.
- Multa de Francia a Apple (febrero de 2020). 25 millones de euros impuestos por la DGCCRF por «práctica comercial engañosa por omisión» al no informar de que ciertas actualizaciones de iOS podían ralentizar modelos antiguos de iPhone. Italia había sancionado antes por hechos similares.
- Impresoras de inyección y el contador de almohadillas. Varios modelos se bloquean al alcanzar un número de páginas prefijado, sin sensor que mida el estado real de la pieza. La asociación francesa HOP denunció ante la fiscalía a varios fabricantes por esta y otras prácticas.
- Global E-waste Monitor 2024 (UIT y UNITAR, Naciones Unidas). 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en 2022, un 82% más que en 2010; solo el 22,3% documentado como recogido y reciclado correctamente. Europa: 17,6 kg por habitante generados y 42,8% reciclado. · globalewaste.org
- Marco legal. Ley francesa de transición energética (2015), que tipifica la obsolescencia programada como delito; Directiva (UE) 2024/1799 sobre el derecho a reparar; Reglamento (UE) 2019/2021 sobre diseño ecológico de pantallas, con obligaciones de repuestos e información técnica.
- Minería de fondos marinos. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos ha concedido contratos de exploración en aguas internacionales, sin reglamento definitivo de explotación comercial en el momento de escribir esta lectura. · isa.org.jm
- Nota de rigor: el caso del televisor es una experiencia personal documentada, no un estudio. Las conclusiones técnicas se sostienen sobre los registros del propio aparato y quedan pendientes de confirmación con instrumentos de medida.